Esto que probablemente escondes en el trabajo podría ser justo lo que te falta para destacar, según una coach ejecutiva

Durante años, la consigna en cualquier oficina fue clara: deja las emociones en la puerta. Mostrar nervios, entusiasmo desbordado o frustración se consideraba poco «profesional», casi un punto débil que había que disimular a toda costa. Pero esa idea empieza a resquebrajarse. Cada vez más expertos en recursos humanos sostienen justo lo contrario: lo que escondes podría ser precisamente lo que te falta para destacar.

Así lo defiende la coach ejecutiva Valérie Rocoplan, autora del libro Oser être la cheffe, dedicado a las mujeres que quieren asumir su ambición profesional sin pedir perdón por ello. Según su experiencia acompañando a directivas, la inteligencia emocional no es un accesorio blando frente a las llamadas «hard skills»: es, cada vez más, uno de los factores que separa a quien lidera bien de quien simplemente ocupa un cargo.

Las emociones no son el problema, es no saber leerlas

Rocoplan recurre a la definición clásica de los psicólogos Peter Salovey y John Mayer, quienes describieron la inteligencia emocional como la capacidad de percibir, expresar, comprender y regular las emociones propias y ajenas. Nada de suprimirlas: se trata de saber identificarlas y usarlas a favor, no en contra.

Esa habilidad tiene un impacto muy concreto en el liderazgo. Quien entiende sus propias emociones y las de su equipo suele comunicar mejor, evitar conflictos innecesarios y adaptarse con más soltura a personas distintas. La empatía y la capacidad de motivar a otros, de hecho, están directamente ligadas a la confianza y la productividad de un equipo.

Un método de cuatro pasos para no dejarse arrastrar

El primer obstáculo no es sentir algo, sino no saber qué hacer con ello en caliente. Rocoplan propone un proceso sencillo, pensado para mantener la calma incluso en situaciones tensas:

  • Reconocer las primeras señales de que una emoción está apareciendo (tensión en el cuerpo, cambio de tono, impulso de reaccionar).
  • Dar un paso al costado interno antes de responder — una pausa breve, no una supresión.
  • Nombrar la emoción con precisión: no es lo mismo estar irritada que sentirse ignorada.
  • Atender la necesidad real que esa emoción está señalando.

Ese último paso es clave, porque casi siempre hay una necesidad concreta detrás del malestar: sentirse escuchada, ver el trabajo reconocido, tener más autonomía. Identificarla es lo que permite, más adelante, comunicarla — a un jefe, a un equipo — en lugar de tragársela.

La frase que recomienda repetirse ante un tropiezo

Rocoplan también insiste en entrenar la asertividad como músculo diario, sobre todo cuando surge una dificultad o un desafío inesperado. Su sugerencia es volver rápido al equilibrio con una idea simple: vivir una situación desagradable no dice nada sobre quién eres. Solo hay que atravesarla lo mejor posible, sin convertirla en un juicio sobre la propia valía.

Las emociones positivas también son una herramienta de carrera

El enfoque no se limita a gestionar el malestar. Aprender a reconocer qué emociones distorsionan el juicio también permite identificar las que dan impulso: el entusiasmo, la gratitud, la curiosidad. Estas facilitan vínculos más auténticos con compañeros y superiores, algo que pesa a la hora de construir liderazgo y avanzar dentro de una organización.

Conocerse mejor, en definitiva, permite ver más allá del miedo o el estrés del momento y convertir ese impulso en energía a favor. Cuando alguien identifica con claridad qué necesita — más escucha, reconocimiento, autonomía — encuentra también la forma de comunicarlo a quien corresponda, y eso termina marcando la diferencia en cómo evoluciona su carrera. Dejar de temerle a lo que se siente, dice Rocoplan, es entender su fuerza y convertirla en un activo más para liderar.

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