Llegan siempre muchísimo antes a sus citas: la ciencia dice que no es solo puntualidad

Hay personas que jamás llegan tarde a nada. Están en la acera diez, veinte, a veces cuarenta minutos antes de la hora acordada, esperando en la sala de espera o en el vestíbulo mientras nadie más ha llegado todavía. Solemos interpretarlo como una virtud: seriedad, respeto por el tiempo ajeno, organización impecable. Pero la ciencia del comportamiento sugiere que, en muchos casos, ese margen de sobra está contando otra historia.

Según varias investigaciones en psicología de la personalidad, la hiperpuntualidad no siempre nace de la disciplina. En bastantes personas funciona como una forma de gestionar la ansiedad o la necesidad de sentir el control de la situación.

Lo que esconde el miedo a llegar tarde

Un estudio publicado en la revista científica Human Performance, firmado por los investigadores Jeffrey Conte y Rick Jacobs, de la Universidad Estatal de San Diego, analizó a cientos de trabajadores para observar sus comportamientos reales de retraso o adelanto, no lo que decían sobre sí mismos. La conclusión fue clara: la puntualidad no es un rasgo aislado, sino parte de un conjunto más amplio de disposiciones psicológicas donde la ansiedad juega un papel que solemos pasar por alto.

Otro trabajo, publicado en ScienceDirect y centrado en la asistencia a citas experimentales, fue más allá: dentro de los cinco grandes rasgos de personalidad —el conocido modelo Big Five— es el neuroticismo, es decir, la tendencia a vivir la preocupación y el estrés con más intensidad, el que mejor predice quién llegará con antelación. Y lo hace por encima de la responsabilidad, el rasgo que uno esperaría asociar de forma automática con la puntualidad. En otras palabras: llegar muy pronto puede delatar una hipervigilancia frente a lo imprevisto, donde cada minuto de margen sirve para desactivar por adelantado un escenario que la persona teme.

Sentir el control, minuto a minuto

Detrás de este patrón está lo que los investigadores llaman sensación de control percibido. Un estudio publicado en 2026 en la revista Translational Psychiatry, del grupo Nature, sometió a un grupo de participantes a una tarea de estrés estandarizada en laboratorio mientras medía su cortisol —la hormona asociada al estrés— y su actividad cerebral. El resultado: quienes percibían un mayor grado de control sobre la situación mostraban una respuesta al estrés más flexible, menos síntomas psicosomáticos y una sensación de seguridad interna más sólida.

Llegar con mucha antelación a una cita opera bajo una lógica parecida. Adelantarse permite neutralizar de antemano todo lo que escapa al control: el tráfico, un transporte retrasado, un imprevisto de última hora. Al tomar sistemáticamente ese margen extra, la persona se garantiza un terreno donde, pase lo que pase, sigue un paso por delante de los acontecimientos.

Un hábito que tranquiliza, pero también puede atar

Ese pequeño ritual termina convirtiéndose en una herramienta de regulación emocional que se refuerza cada vez que funciona: menos estrés sentido en el momento, más motivos para repetirlo la próxima vez. Es un círculo que da tranquilidad, pero que, a fuerza de querer anticiparlo absolutamente todo, también puede volverse una carga. Cuando la antelación deja de ser una elección y se convierte en la única forma tolerable de afrontar una cita, vale la pena preguntarse qué es exactamente lo que se está intentando controlar.

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