Quienes mienten por estas 3 razones suelen ser grandes manipuladores, según los psicólogos
No todos los mentiras en pareja pesan igual. Hay quien inventa una pequeña historia para evitar una discusión o proteger los sentimientos del otro. Y hay quien miente de forma repetida para atraer atención, herir o mantener el control. Dos investigaciones dirigidas por Tim Cole, profesor de la Universidad DePaul, y Kellie Stonebrook, y difundidas por PsyPost, distinguen claramente estos perfiles. Uno de ellos, al que llaman «estrategas antagonistas», miente más, declara relaciones menos satisfactorias y obtiene puntuaciones más altas en rasgos asociados a la manipulación: maquiavelismo, narcisismo y sadismo.
Eso no significa que una mentira aislada convierta a alguien en manipulador. Lo que los investigadores observaron es que tres motivaciones concretas reaparecían con fuerza en este perfil.
Mentir para atraer la atención
Inventar una anécdota para resultar más interesante, exagerar el interés que otra persona muestra o crear a propósito una situación que provoque una reacción en la pareja. La búsqueda de atención forma parte de las motivaciones que pueden llevar a mentir dentro de una relación, y destaca especialmente entre los estrategas antagonistas, que representaron alrededor del 14 % de la muestra en su segundo estudio.
El problema aparece cuando la mentira se usa de forma habitual para obtener una respuesta emocional. Un ejemplo: contar que un compañero de trabajo te ha coqueteado abiertamente cuando no ha ocurrido, solo para observar la celosidad del otro. O dejar caer que podrías irte para que te tranquilicen. Aquí la mentira ya no embellece la realidad: se convierte en una herramienta para provocar una emoción y sacar algo de ella. Cole recuerda que dos personas pueden contar exactamente la misma mentira por motivos completamente distintos. Lo que importa es la repetición y, sobre todo, la intención.
Mentir para hacer sufrir a la pareja
Esta motivación es más preocupante. Los investigadores identificaron la intención maliciosa: mentir sabiendo que la engaño va a herir al otro. Este funcionamiento separa con claridad a los estrategas antagonistas de quienes mienten sobre todo para evitar conflictos o proteger los sentimientos de su pareja.
En la vida cotidiana puede tomar formas variadas: hacer creer que otra persona es más atractiva para golpear la autoestima del otro, inventar una conversación para provocar celos o dejar volar a propósito la duda de una infidelidad inexistente. El objetivo no es proteger la relación, sino generar incomodidad. Los participantes de este perfil mostraban además más rasgos asociados al sadismo cotidiano, entendido como la tendencia a obtener placer al provocar sufrimiento emocional o físico en los demás. Esa asociación invita a tomarse en serio las mentiras usadas deliberadamente para herir.
Mentir para controlar al otro
El tercer señal no es un motivo aislado, sino el funcionamiento general que se observó en los estrategas antagonistas. En ellos la mentira se convierte en herramienta de control e interés personal. Pueden mentir para evitar situaciones, ocultar información, conseguir atención o hacer sufrir. A diferencia de los «apaciguadores estratégicos», que usan la mentira sobre todo para mantener la paz, este grupo moviliza un abanico mucho más amplio de engaños.
Los autores aportan una matización importante: ambos grupos presentaban niveles bastante cercanos de inseguridad afectiva. El miedo al rechazo o las dificultades de apego no bastan, por sí solos, para explicar las mentiras más dañinas. Lo que diferenciaba de verdad a los estrategas antagonistas era la presencia más marcada de rasgos como el maquiavelismo, el narcisismo, la psicopatía y el sadismo.
En resumen, una mentira ocasional no define a nadie. Pero cuando las mentiras se repiten y responden a la necesidad de atención, a la intención de herir o al deseo de controlar, los datos apuntan a un patrón más tóxico. Observar el motivo detrás de la mentira, y no solo el hecho en sí, es lo que permite distinguir entre un desliz y un estilo relacional problemático.